por
Mario Vargas Llosa
El
gobierno español acaba de hacer pública su intención de apandillar
un movimiento para que la Unión Europea, que, luego de los fusilamientos
y condenas a los 75 disidentes, había optado por una política de
firmeza ante la dictadura cubana, rectifique y opte más bien por el acercamiento
y el diálogo amistoso con Castro, es decir, por cortar toda vinculación
y apoyo a sus opositores.
Entre los defectos de Fidel Castro
no figura la disimulación. En los 45 años que lleva en el poder
la dictadura más larga de América Latina- nunca ha pretendido engañar
sobre la naturaleza de su régimen ni sobre los principios en que se funda
su manera de gobernar.
Cuba vive bajo un sistema "comunista" (son
sus palabras), que, según él, es más justo y más libre
que las putrefactas democracias capitalistas, a las que en todos sus cacofónicos
discursos el "comandante" manifiesta siempre el soberano desprecio que
le merecen, y a las que les pronostica que se desmoronarán bajo el peso
de su corrupción interna. Es posible que Castro sea la única persona
en Cuba que cree esas sandeces, pero, sin duda, se las cree, y como en la isla
reina un totalitarismo vertical donde el jefe máximo tiene poderes omnímodos,
el sistema funciona en razón de semejantes convicciones, machacadas por
la propaganda unidimensional ante los cubanos como si fueran axiomas revelados.
(Es por esta razón que Reporteros sin Fronteras acaba de situar a Cuba
en el lugar 166, entre 167 países examinados, en lo que concierne a la
libertad de prensa).
El "comandante" lo ha hecho saber hasta la
saciedad: como el régimen comunista cubano es superior a las democracias
occidentales no va a cometer la debilidad de admitir elecciones libres, libertad
de expresión, de movimiento, tribunales y jueces independientes, alternancia
en el poder, etcétera. Esas instituciones y prácticas son cortinas
de humo para la explotación que prolifera en las democracias "social-pendejas",
exquisita vulgaridad inventada por Castro para denigrar a los socialistas y social
demócratas que lo critican.
¿Para qué convocaría
a elecciones libres un gobierno que cuenta con el 99,9% de la población?
¿Para sembrar la división y el caos en esa hermosa unidad sin censuras
que garantiza el régimen de partido único? Quienes piden aquellas
consultas electorales, libertad de partidos políticos, prensa independiente
y cosas por el estilo, quieren, en verdad, abrir las puertas de Cuba a los imperialistas
empeñados en acabar con las grandes "conquistas sociales" de
la revolución -¿debe incluirse entre ellas el haber enviado a los
homosexuales junto a delincuentes comunes a campos de concentración en
los tiempos de las Umap?- y convertir a Cuba en una democracia neo-colonial, seudo
liberal y social pendeja, donde 11 millones de cubanos serían explotados
sin misericordia por un puñado de capitalistas yanquis.
Quienes piden
semejantes cambios son, simplemente, enemigos de la revolución, agentes
del imperialismo y deben ser tratados como delincuentes y traidores a su patria.
No son meras palabras de un paranoico megalómano, sino una convicción
respaldada por 45 años de conducta rectilínea, en los que Castro
no ha dado un paso atrás. Esta se ha visto materializada una y otra vez
en encarcelamientos masivos, una represión sistemática ante la más
mínima manifestación de disidencia, con escarmientos periódicos
en los que reales o supuestos desafectos al sistema son juzgados y condenados,
en juicios tan grotescos como los que se llevaban a cabo en la URSS estalinista.
Que, a pesar de esta política de terror sistemático haya todavía
cubanos, como el poeta Raúl Rivero y sus 75 compañeros encarcelados
en la última oleada represiva, que, desde las cárceles donde se
pudren en vida, mantengan vivo el espíritu de resistencia, no sólo
asombra y llena de admiración: además, demuestra, como lo ha subrayado
Vaclav Havel en el homenaje que acaba de rendirles, que aun dentro de las sociedades
devastadas por el oscurantismo la libertad encuentra siempre la manera de sobrevivir.
Que este régimen tenga todavía partidarios en el extranjero
no tiene por qué sorprender. El odio que la sociedad abierta inspira a
muchos los lleva a preferir una dictadura "social" a la democracia,
y por eso deploran la caída del Muro de Berlín, la desintegración
de la Unión Soviética y la conversión de China Popular a
un capitalismo "salvaje" (aquí sí es admisible la expresión).
Desde luego, yo creo que están equivocados y que muchos no podrían
soportar 24 horas en una sociedad como la que defienden, pero, si creen eso, es
lógico que se muestren solidarios de una satrapía que encarna sus
propios ideales y aspiraciones políticas. Hay que reconocerles una indiscutible
coherencia.
Hay, en cambio, incongruencia, en que intelectuales, políticos
o gobiernos que se dicen democráticos sirvan los intereses de un régimen
enemigo de la cultura democrática y, en vez de mostrarse solidarios con
quienes en Cuba van a prisión, sometidos a toda clase de privaciones y
tropelías, apoyen a sus verdugos y jueguen el papel de celestinas o "putas
tristes" -empleando un término de actualidad- de la dictadura caribeña.
Es un insulto a la inteligencia pretender hacer creer a cualquiera que haya
seguido someramente el casi medio siglo del régimen cubano, que la manera
más efectiva de conseguir "concesiones" de Castro es el apaciguamiento,
el diálogo y las demostraciones de amistad con su tiranía. Y lo
es porque el propio Fidel Castro se ha encargado de disipar cualquier malentendido
al respecto: él tiene cómplices, cortesanos, sirvientes, que colaboran
con su política, sus designios, su gobierno y su modelo político-social,
de los que ninguno de sus numerosos "amigos" lo ha hecho apartarse jamás
un milímetro. Es verdad que, a veces, algunos de esos politicastros convenencieros
o intelectuales en pos de credenciales progresistas que van a retratarse con él
y a echarle una mano publicitaria reciben como regalo un preso político.
Pero esa asquerosa trata de presos en vez de mostrar un ablandamiento del régimen
es más bien una señal de inhumanidad.
¿A qué viene
todo esto? A que el gobierno español de Rodríguez Zapatero acaba
de hacer pública su intención de apandillar un movimiento para que
la Unión Europea, que, luego de los fusilamientos y condenas a los 75 disidentes
había optado por una política de firmeza ante la dictadura cubana
mientras no hubiera progresos reales en materia de derechos humanos, rectifique
y opte más bien por el acercamiento y el diálogo amistoso con Castro,
es decir, por cortar toda vinculación y apoyo a sus opositores. El pretexto
es que la "firmeza" no ha dado resultados. ¿Qué resultados
han dado la cobardía y la complicidad con el régimen cubano de todas
esas "democracias" latinoamericanas que votan a favor de Fidel Castro
en las Naciones Unidas? Por lo menos la política adoptada por la Unión
Europea ha enviado un mensaje claro a los millones de cubanos que no pueden escapar,
de que no están solos y que las democracias occidentales están moral
y cívicamente de su lado en ese combate que tarde o temprano vencerán.
Acercamiento y diplomacia son eufemismos para los que, hablando claro, es
una abdicación vergonzosa de un gobierno que decide contribuir a la supervivencia
de una dictadura tan innoble como la de Franco, y una puñalada a los innumerables
cubanos que sueñan con vivir en un país sin la asfixiante monotonía
del partido único.
Lo más criticable en este caso es que, los
gobernantes españoles, a menos de haber caído víctimas de
una súbita plaga de angelismo pueril, saben perfectamente que el cambio
que proponen no conseguiría la más mínima apertura del régimen,
y, por el contrario, echaría a sus desfallecientes pulmones una bocanada
de oxígeno (Fidel Castro ya dijo públicamente que la decisión
del gobierno español era "la correcta"). ¿Por qué
lo hacen, entonces? Para consumo interno. Para probar que también en este
ámbito hay una ruptura radical con el gobierno anterior. O para dar un
poco de aliento a esos remanentes tercermundistas y estalinianos que, aunque felizmente
muy minoritarios, existen todavía dentro del socialismo español,
muy rezagado en este respecto de sus congéneres británicos, franceses,
alemanes y nórdicos, donde los socialistas no tienen el menor complejo
de inferioridad frente al Gulag tropical cubano.
Mi esperanza es que esos
magníficos "socia-pendejos" europeos impidan que esta iniciativa
lamentable se materialice. Ella debe ser denunciada y combatida como lo que es:
un acto demagógico e irresponsable que sólo servirá para
apuntalar a la más longeva dictadura latinoamericana. No debemos permitir
que la España democrática, moderna y europea que en tantos sentidos
es un ejemplo para América Latina se convierta en la "puta triste"
de Fidel.