19 de Febrero de 2004

Por: Armando de Armas

La ofensiva cultural castrista se acrecienta por día en todos los frentes: desde la Música y las Artes plásticas hasta la Literatura. En verdad demasiado terreno han ganado ya, precisamentre en el único campo donde no debieron haber ganado ninguno. El castrismo, el comunismo, es la anticultura por antonomasia. El reino de la Cultura es el de las libertades. El hecho cultural cubano por excelencia de los últimos 42 años está, es, en el exilio; en el interno y en el externo.


La guerra contra el comunismo es más que nada una guerra de ideas; y es ahí precisamente donde los defensores de la libertad tenemos las de ganar pues, no nos dejémos engañar más, representamos el progreso, somos los progresistas; el comunismo, como el nazismo (son en esencia lo mismo), es tribal, pertenece a las cavernas. Lo verdaderamenre novedoso en la Historia es el sistema democrático. Las pretensions del castrismo con la Cultura son puramente mercantilistas, puramente propagandísticas; las de apuntalar la destartalada y desprestigiada tiranía, qué tal sino la última pose del Castro rockero y bitlermaníaco.


Tan ufanos están los segurosos con sus triunfos en la ofensiva cultural que en los documentos desclasificados, en el juicio a los espías cubanos acá en Miami, estos proponen en las comunicaciones con sus amos en La Habana buscar una fórmula eficaz para lograr que los deportistas no deserten, tan eficaz como la encontrada para los artístas y los intelectuales.


La posición que tome el exilio con respecto a fenómenos tales como el Grammy debería ser de índole activa, no reactiva: tomar al toro castrista (buey cansao de los Van Van más bien) por los cuernos de manera que las ofertas a que se expongan los embajadores culturales del régimen para que deserten resulten tan tentadoras como para que el mismo tenga que cuidarse mucho de seleccionar a quienes manda y cómo los manda en sus comitivas.


El exilio, sus fuerzas vivas, tendría que ir más allá y aventurarse en el apoyo a la cultura desterrada, y a la cultura contestataria en la isla, y dentro de ese contexto promocionar a escritores que además de talento estén comprometidos con el concepto y la acción por una Cuba democrática; y digo escritores por el dominio de la palabra, por la capacidad de manejar ideas y de llegar a un número mayor de personas sin caer en el tedio de los discursos. La Literatura, aunque lo nieguen, es quizá la más política de todas las artes. Paradiso fue para muchos jovenes de mi generación más que nada una novela antitotalitaria.


Para ello bastaría de inicio con la creación de un premio literario en la capital del exilio que ascienda al menos a los $ 50 000, una revista literaria y de pensamiento, otorgamiento de becas a autores, y el apoyo directo a escritores exiliados mediante la compra por adelantado de sus libros a las editoriales europeas de renombre para que las publiquen. Estas editoriales han de aprender esto: publicar a escritores cubanos talentosos y anticomunistas es una operación rentable.


Un escritor es probablemente la persona más indicada y creíble para mientras promociona su obra defender la causa en la que crea, o le convenga creer. Sé de un escritor cubano exiliado que en una presentación en Berlín ante un auditorio de jovenes universitarios que colmaban una sala de conferencias con sus argollas y agujeros y tatuajes y aire desenfadado; (desconocedores del problema cubano, muchos contaban con 7 u 8 años cuando cayó el Muro) y que frente a una pregunta propicia disertó convenientemente acerca de que tan criminal es el capitalista que invierte en la Cuba comunista como el que lo hacia en la Alemania nazi.


Tambíen sé de otro autor que escribió una novela en Cuba (por la cual fue perseguido) y logró sacarla del país y someterla a consideración de varias editoriales que la valoraron como una excelente novela histórica pero que no se arriesgaban con ella porque posee la inconveniencia, casi crimen, de que el co-protagonista de dicha obra es el difunto Jorge Mas Canosa; eso, dicen, podría mermar el mercado, también dicen que si el personaje fuése el Che o Lubumba o tal vez Tirofijo, otro gallo cantaría.


Ambos escritores sobreviven en Miami en trabajos de mala muerte y peor paga; mientras otros escritores, sumisos o sabios, pasan sin transición del Gramma a laborar y dirigir en importantes publicaciones de Europa y los EE.UU. Algo así no debería de ocurrir no solo por justicia poética, sino por pragmatismo político. Hay sostenidas sospechas de que los castristas se preparan para el postcastrismo situando a sus capatáces en puntos clave para cuando llegue el inevitable cambio.


Luis María Anzón, de la Real Academia Española, ha dicho que el comunismo perdió el poder político pero que como propugnaba Gramsci lo mantiene férreamente en los centros culturales , académicos y periodísticos que mueven la opinion pública.


El eminente historiador francés Alain Besancon ha manifestado en su ponencia de entrada a la Academia Francesa que…”Una entidad que pretende perpetuar la memoria histórica debe obtener una cierta masa crítica en la sociedad, ya sea por fuerza de números, fortaleza política, o influencia cultural. Esto los disidentes no han sido capaces de hacer, y tampoco, por consiguiente, lo han hecho los voceros de los armenios, ucranianos, kazajos, chechenes, o los tibetanos, por no mencionar otras muchas víctimas del terror comunista”.


Y precisamente de eso es de lo que se trata, de que el exilio cubano logre preservar la memoria histórica del horror comunista; si eso no logramos, nada hemos logrado aun cuando empalemos a Castro; pues en 10 o 20 años el comunismo podría presentarse a los cubanos de esa época como un sistema bien intencionado que fracasó por culpa de ciertos errores enmendables en una nueva praxis. Algo que por cierto ya comienzan a hacer muy bien los reescribidores de la Historia.

El exilio podría incluir en su estrategia para Cuba a un equipo de escritores de talento (no académicos por favor) cuyo único fin sea (aparte de hacer la obra literaria) el apoyar en cuanta tribuna se presente el principio de las libertades del individuo, del libre mercado, de la propiedad privada y los derechos humanos. A fin de cuentas esos valores son muchísimo más defendibles y loables que los que han defendido escritores como García Marquez o el difunto Vazquez Montalbán (por poner dos ejemplos notorios) después de los 100 millones de muertos del comunismo.


Esta, repito, es una guerra de ideas y si la ganamos los cubanos exiliados podríamos hacer del ser comunista una definición de índole tan riesgosa que, como han hecho los judíos con el ser nazi, nadie se atreva a proclamarse como tal sin afrontar un impagable precio público; ese probablemente sea nuestro mejor aporte a la Humanidad.