Por: Armando
de Armas
La ofensiva cultural castrista se acrecienta por día en todos
los frentes: desde la Música y las Artes plásticas
hasta la Literatura. En verdad demasiado terreno han ganado ya,
precisamentre en el único campo donde no debieron haber ganado
ninguno. El castrismo, el comunismo, es la anticultura por antonomasia.
El reino de la Cultura es el de las libertades. El hecho cultural
cubano por excelencia de los últimos 42 años está,
es, en el exilio; en el interno y en el externo.
La guerra contra el comunismo es más que nada una guerra
de ideas; y es ahí precisamente donde los defensores de la
libertad tenemos las de ganar pues, no nos dejémos engañar
más, representamos el progreso, somos los progresistas; el
comunismo, como el nazismo (son en esencia lo mismo), es tribal,
pertenece a las cavernas. Lo verdaderamenre novedoso en la Historia
es el sistema democrático. Las pretensions del castrismo
con la Cultura son puramente mercantilistas, puramente propagandísticas;
las de apuntalar la destartalada y desprestigiada tiranía,
qué tal sino la última pose del Castro rockero y bitlermaníaco.
Tan ufanos están los segurosos con sus triunfos en la ofensiva
cultural que en los documentos desclasificados, en el juicio a los
espías cubanos acá en Miami, estos proponen en las
comunicaciones con sus amos en La Habana buscar una fórmula
eficaz para lograr que los deportistas no deserten, tan eficaz como
la encontrada para los artístas y los intelectuales.
La posición que tome el exilio con respecto a fenómenos
tales como el Grammy debería ser de índole activa,
no reactiva: tomar al toro castrista (buey cansao de los Van Van
más bien) por los cuernos de manera que las ofertas a que
se expongan los embajadores culturales del régimen para que
deserten resulten tan tentadoras como para que el mismo tenga que
cuidarse mucho de seleccionar a quienes manda y cómo los
manda en sus comitivas.
El exilio, sus fuerzas vivas, tendría que ir más allá
y aventurarse en el apoyo a la cultura desterrada, y a la cultura
contestataria en la isla, y dentro de ese contexto promocionar a
escritores que además de talento estén comprometidos
con el concepto y la acción por una Cuba democrática;
y digo escritores por el dominio de la palabra, por la capacidad
de manejar ideas y de llegar a un número mayor de personas
sin caer en el tedio de los discursos. La Literatura, aunque lo
nieguen, es quizá la más política de todas
las artes. Paradiso fue para muchos jovenes de mi generación
más que nada una novela antitotalitaria.
Para ello bastaría de inicio con la creación de un
premio literario en la capital del exilio que ascienda al menos
a los $ 50 000, una revista literaria y de pensamiento, otorgamiento
de becas a autores, y el apoyo directo a escritores exiliados mediante
la compra por adelantado de sus libros a las editoriales europeas
de renombre para que las publiquen. Estas editoriales han de aprender
esto: publicar a escritores cubanos talentosos y anticomunistas
es una operación rentable.
Un escritor es probablemente la persona más indicada y creíble
para mientras promociona su obra defender la causa en la que crea,
o le convenga creer. Sé de un escritor cubano exiliado que
en una presentación en Berlín ante un auditorio de
jovenes universitarios que colmaban una sala de conferencias con
sus argollas y agujeros y tatuajes y aire desenfadado; (desconocedores
del problema cubano, muchos contaban con 7 u 8 años cuando
cayó el Muro) y que frente a una pregunta propicia disertó
convenientemente acerca de que tan criminal es el capitalista que
invierte en la Cuba comunista como el que lo hacia en la Alemania
nazi.
Tambíen sé de otro autor que escribió una novela
en Cuba (por la cual fue perseguido) y logró sacarla del
país y someterla a consideración de varias editoriales
que la valoraron como una excelente novela histórica pero
que no se arriesgaban con ella porque posee la inconveniencia, casi
crimen, de que el co-protagonista de dicha obra es el difunto Jorge
Mas Canosa; eso, dicen, podría mermar el mercado, también
dicen que si el personaje fuése el Che o Lubumba o tal vez
Tirofijo, otro gallo cantaría.
Ambos escritores sobreviven en Miami en trabajos de mala muerte
y peor paga; mientras otros escritores, sumisos o sabios, pasan
sin transición del Gramma a laborar y dirigir en importantes
publicaciones de Europa y los EE.UU. Algo así no debería
de ocurrir no solo por justicia poética, sino por pragmatismo
político. Hay sostenidas sospechas de que los castristas
se preparan para el postcastrismo situando a sus capatáces
en puntos clave para cuando llegue el inevitable cambio.
Luis María Anzón, de la Real Academia Española,
ha dicho que el comunismo perdió el poder político
pero que como propugnaba Gramsci lo mantiene férreamente
en los centros culturales , académicos y periodísticos
que mueven la opinion pública.
El eminente historiador francés Alain Besancon ha manifestado
en su ponencia de entrada a la Academia Francesa que…”Una
entidad que pretende perpetuar la memoria histórica debe
obtener una cierta masa crítica en la sociedad, ya sea por
fuerza de números, fortaleza política, o influencia
cultural. Esto los disidentes no han sido capaces de hacer, y tampoco,
por consiguiente, lo han hecho los voceros de los armenios, ucranianos,
kazajos, chechenes, o los tibetanos, por no mencionar otras muchas
víctimas del terror comunista”.
Y precisamente de eso es de lo que se trata, de que el exilio cubano
logre preservar la memoria histórica del horror comunista;
si eso no logramos, nada hemos logrado aun cuando empalemos a Castro;
pues en 10 o 20 años el comunismo podría presentarse
a los cubanos de esa época como un sistema bien intencionado
que fracasó por culpa de ciertos errores enmendables en una
nueva praxis. Algo que por cierto ya comienzan a hacer muy bien
los reescribidores de la Historia.
El exilio podría
incluir en su estrategia para Cuba a un equipo de escritores de
talento (no académicos por favor) cuyo único fin sea
(aparte de hacer la obra literaria) el apoyar en cuanta tribuna
se presente el principio de las libertades del individuo, del libre
mercado, de la propiedad privada y los derechos humanos. A fin de
cuentas esos valores son muchísimo más defendibles
y loables que los que han defendido escritores como García
Marquez o el difunto Vazquez Montalbán (por poner dos ejemplos
notorios) después de los 100 millones de muertos del comunismo.
Esta, repito, es una guerra de ideas y si la ganamos los cubanos
exiliados podríamos hacer del ser comunista una definición
de índole tan riesgosa que, como han hecho los judíos
con el ser nazi, nadie se atreva a proclamarse como tal sin afrontar
un impagable precio público; ese probablemente sea nuestro
mejor aporte a la Humanidad.