19 de septiembre de 2004

WILLIAM NAVARRETE

Especial/El Nuevo Herald


No me sorprende el título de la excelente antología de cuentistas cubanos del exilio que, bajo el cuidado del pintor y escritor Juan Abreu (La Habana, 1952), acaba de publicar la editorial catalana Poliedro. Es de notar que en Cuentos desde Miami, el ''desde'' acucia carácter transitorio cuando en realidad para muchos de los antologados la ciudad signifique indefinida permanencia.


Escriben, desde y sobre Miami, pero tratándose de exiliados, conscientes de serlo, no sienten que pertenecen del todo a la ciudad, tal vez por voluntad de no entregársele sin reparos. Y algo más: aquéllos que concibieron sus cuentos desde Cuba, lo hicieron, como sucede a menudo con quienes viven en la isla, proyectándose a sí mismos en la ineluctable geografía física del escritor que anhela escribir en y con libertad, o sea, imaginando que su vida transcurre del otro lado del Estrecho de la Florida.


Por primera vez, sin hacer concesiones al confuso y malintencionado término de diáspora, ni al criterio de reunir ''las dos orillas'' que, en la mayoría de los casos han convertido a otros intentos de antologías en auténticas ollas podridas --para no decir ``de grillos''--, Abreu ha logrado, con lucidez y coherencia, dar cuerpo, en y para Europa, a un movimiento literario que, a partir del éxodo del Mariel (1980) ha enriquecido notablemente el ámbito cultural de Miami.


Las veintitrés historias reunidas en el volumen revelan el rostro más sonriente de la ciudad: el de sus letras, que penan y purgan (no sabemos qué) por fundar los cimientos de tanto edificio atropellado, de tanto auto que atropella, tanta premura, tanto dolor.


De este desafío fundacional participan algunos que ya no están: Leandro Eduardo Campa (desaparecido), René Ariza y Guillermo Rosales, los tres protagonistas de una vida bohemia marcada por la autodestrucción y el desamparo.


Entre los que llegan a partir del Mariel cabe mencionar a Esteban Luis Cárdenas (su cuento Un café exquisito es una obra maestra del género), Carlos Victoria (en cuyo cuento se oye la voz de uno de los ausentes: Reinaldo Arenas), Nicolás Abreu Felippe, Alejandro Armengol, Fernando Villaverde, Luis de la Paz, José Abreu Felippe y el propio Juan Abreu. Les preceden María Valero, Marcia Morgado, Lorenzo García Vega y Manuel C. Díaz. Y llegan entre los últimos Rodolfo Martínez Sotomayor y Armando de Armas.


No deseo hacer distinciones, ni dictar sentencias acerca del mejor o los mejores cuentos, pues parto siempre del principio de que el valor subjetivo y la experiencia personal (a veces irrelevante) del crítico se interponen cuando se enjuician trabajos por separados. Además, se trata aquí de una antología, y en un trabajo de este género lo que cuenta es el denuedo del antologador que, para el caso, como ya he dicho, supera (con creces) cualquier intento anterior de ofrecer un panorama de las letras cubanas en esta ciudad.


Todos son cuentos nacidos del dolor, de la vocación del escritor de entender su realidad, de volcar sobre el papel el imaginario y la riqueza que les dan vida. Eso, Juan Abreu lo entiende muy bien porque con conocimiento de causa actúa desde Barcelona para darle, fiel a Miami, el espacio que otros le han negado; para que en Europa (y aquí) se dejen de tantas pamplinas sobrevalorando las letras (que se pagan a precio de barquillo de helado) de los escritores de dentro, a expensas de la censura, el fingido olvido y el desinterés que manifiestan hacia los que, en resumidas cuentas, escriben sin más recursos (¡pero qué recursos!) que la plena sinceridad y la absoluta libertad.


De ese Miami, subidos al expressway con Armando de Armas, abandonados en el downtown marginal de Campa, soñando con el reconocimiento improbable de las letras de Miami como Luis de la Paz o José Abreu, huyendo de esta segunda isla como María Valero, arrastrando un carrito del Publix junto a Lorenzo García Vega, esperando mucho o nada, con la isla latiendo, como Manuel C. Díaz o viviendo las ausencias de Carlos Victoria, ha erigido Juan Abreu este gran cuento, este formidable cuento, que es el suyo propio y el de todos a los que la adversidad, la desidia, la mezquindad y la incertidumbre no han podido vencer.