WILLIAM NAVARRETE
Especial/El Nuevo Herald
No me sorprende el título de la excelente antología
de cuentistas cubanos del exilio que, bajo el cuidado del pintor
y escritor Juan Abreu (La Habana, 1952), acaba de publicar la editorial
catalana Poliedro. Es de notar que en Cuentos desde Miami, el ''desde''
acucia carácter transitorio cuando en realidad para muchos
de los antologados la ciudad signifique indefinida permanencia.
Escriben, desde y sobre Miami, pero tratándose de exiliados,
conscientes de serlo, no sienten que pertenecen del todo a la ciudad,
tal vez por voluntad de no entregársele sin reparos. Y algo
más: aquéllos que concibieron sus cuentos desde Cuba,
lo hicieron, como sucede a menudo con quienes viven en la isla,
proyectándose a sí mismos en la ineluctable geografía
física del escritor que anhela escribir en y con libertad,
o sea, imaginando que su vida transcurre del otro lado del Estrecho
de la Florida.
Por primera vez, sin hacer concesiones al confuso y malintencionado
término de diáspora, ni al criterio de reunir ''las
dos orillas'' que, en la mayoría de los casos han convertido
a otros intentos de antologías en auténticas ollas
podridas --para no decir ``de grillos''--, Abreu ha logrado, con
lucidez y coherencia, dar cuerpo, en y para Europa, a un movimiento
literario que, a partir del éxodo del Mariel (1980) ha enriquecido
notablemente el ámbito cultural de Miami.
Las veintitrés historias reunidas en el volumen revelan el
rostro más sonriente de la ciudad: el de sus letras, que
penan y purgan (no sabemos qué) por fundar los cimientos
de tanto edificio atropellado, de tanto auto que atropella, tanta
premura, tanto dolor.
De este desafío fundacional participan algunos que ya no
están: Leandro Eduardo Campa (desaparecido), René
Ariza y Guillermo Rosales, los tres protagonistas de una vida bohemia
marcada por la autodestrucción y el desamparo.
Entre los que llegan a partir del Mariel cabe mencionar a Esteban
Luis Cárdenas (su cuento Un café exquisito es una
obra maestra del género), Carlos Victoria (en cuyo cuento
se oye la voz de uno de los ausentes: Reinaldo Arenas), Nicolás
Abreu Felippe, Alejandro Armengol, Fernando Villaverde, Luis de
la Paz, José Abreu Felippe y el propio Juan Abreu. Les preceden
María Valero, Marcia Morgado, Lorenzo García Vega
y Manuel C. Díaz. Y llegan entre los últimos Rodolfo
Martínez Sotomayor y Armando de Armas.
No deseo hacer distinciones, ni dictar sentencias acerca del mejor
o los mejores cuentos, pues parto siempre del principio de que el
valor subjetivo y la experiencia personal (a veces irrelevante)
del crítico se interponen cuando se enjuician trabajos por
separados. Además, se trata aquí de una antología,
y en un trabajo de este género lo que cuenta es el denuedo
del antologador que, para el caso, como ya he dicho, supera (con
creces) cualquier intento anterior de ofrecer un panorama de las
letras cubanas en esta ciudad.
Todos son cuentos nacidos del dolor, de la vocación del escritor
de entender su realidad, de volcar sobre el papel el imaginario
y la riqueza que les dan vida. Eso, Juan Abreu lo entiende muy bien
porque con conocimiento de causa actúa desde Barcelona para
darle, fiel a Miami, el espacio que otros le han negado; para que
en Europa (y aquí) se dejen de tantas pamplinas sobrevalorando
las letras (que se pagan a precio de barquillo de helado) de los
escritores de dentro, a expensas de la censura, el fingido olvido
y el desinterés que manifiestan hacia los que, en resumidas
cuentas, escriben sin más recursos (¡pero qué
recursos!) que la plena sinceridad y la absoluta libertad.
De ese Miami, subidos al expressway con Armando de Armas, abandonados
en el downtown marginal de Campa, soñando con el reconocimiento
improbable de las letras de Miami como Luis de la Paz o José
Abreu, huyendo de esta segunda isla como María Valero, arrastrando
un carrito del Publix junto a Lorenzo García Vega, esperando
mucho o nada, con la isla latiendo, como Manuel C. Díaz o
viviendo las ausencias de Carlos Victoria, ha erigido Juan Abreu
este gran cuento, este formidable cuento, que es el suyo propio
y el de todos a los que la adversidad, la desidia, la mezquindad
y la incertidumbre no han podido vencer.