6 de Enero del 2005


   

 

Aquella Libertad

 

Por Lic. Raul Rivero

La Habana -- Me gusta recordar a veces el leve invierno del año 2002. Me gusta reconstruirlo ahora en el limbo de mi licencia extrapenal, aquí en La Habana y me gustaba en la celda de castigo porque la soledad y el silencio son unos cómplices insobornables de los recuerdos peligrosos.

Es el periodista Ricardo González Alfonso el que más resplandece en esas evocaciones. Es él el que aparece en el comedor de su casa de Miramar que, de pronto, era una sala de conferencias, o lo veo subir la escalera para la habitación de su querido hermano Tony, convertida a fuerza de trabajo esclavo en la biblioteca de periodismo Jorge Mañach.

Más tarde aparece frente a su desvencijada y sospechosa laptop complicado con un comentario o una crónica y, enseguida, pasa con una pastilla para la fiebre de su hijo David.

Siempre está él en primer plano en la tarea de sacrificar su privacidad, como se sacrifica un gallo en el panteón yoruba, para que tuvieran cara y consistencia la Sociedad Márquez Sterling y la revista De Cuba, dos sueños que pudimos tocar.

Aunque Ricardo esté ahora en la cárcel yo sigo viéndolo allá en la casa que se hicieron sus padres, unos españoles cabeciduros que trabajaban de sol a sol, para darle techo, alimento y educación a cuatro muchachos. Los viejos fueron luego silenciosos y serios a descansar al cementerio de Colón.

Para mí Ricardo siempre está ahí con sus libretos de programas infantiles para la televisión. Después, cuando se le consideró un escritor no confiable y se quedó sin contrato, lo veo en la misma mesa atareado con unos cucuruchos de maní tostado que salía a vender por las calles de su barrio en una bicicleta esclerótica. Su pregón, atonal y ríspido no era muy convincente: Vaya maní, vaya maní, vaya maní.

Allí, en el portal, entró a trabajar en Cuba Press en un trámite que no duró ni cinco minutos y, años más tarde, como para demostrar que él era independiente hasta de los independientes y en otro trámite rápido, renunció a las suaves cadenas que yo le hacía arrastrar desde la dirección de la agencia.

Mira, me dijo un día, para poder seguir siendo amigos y llevar adelante este trabajo, mejor yo me voy de Cuba Press y me quedo solo como reportero por cuenta propia, como free lancer porque ya empecé a caminar hacia la libertad y ahora la quiero toda.

Sí. Ricardo González Alfonso incansable, con sus gavetas recónditas atiborradas de poemas de amor y de textos humorísticos que lee siempre con una cuota de rubor, lleno de pasión por sus hijos, pastoreado por el amor de Alida, un hombre difícil porque está vivo y porque le va de frente a todos los asuntos en un mundo donde la palabra se usa de almohada. Un periodista con talento y valor para usarlo, pero también con amplitud para razonar, entender y dialogar con flexibilidad y sin concesiones. Un fanático delidiomaespañol, un enamorado de la poesía de Lorca y de Rimbaud.

Sí. Ricardo González Alfonso, mi compañero en la causa 348 del 2003. El hombre que, en el juicio donde el fiscal le pedía una condena de cadena perpetua, se paró con serenidad y precisión, sin arrogancias y con limpieza a defender su derecho a escribir y a opinar en el país donde vive hace ya medio siglo.

Ricardo, el recluso de la cárcel de Agüica, Matanzas, que sigue ahora un tratamiento médico en el hospital del Combinado del Este de La Habana, un profesional donde los hubiere, un cubano al que queremos otra vez en su casa de Playa en vivo y en directo para que desaloje de una vez a ese fantasma que la habita y es solamente una trampa de la memoria.