Por: Carlos Alberto Montaner
Los sueños
imperialistas del caudillo venezolano son una amenaza para todo el
continente
Es posible que se desate una guerra latinoamericana en los próximos
años. Y, a diferencia de lo ocurrido en el siglo XX, cuando
todos los enfrentamientos se originaron por disputas fronterizas,
no es descartable que esta vez se trate de un sangriento conflicto
multinacional alimentado por razones ideológicas. Detrás
de esa probable desgracia, como indican todos los síntomas,
estará la irresponsable actuación del presidente Hugo
Chávez, un caudillo iluminado que se empeña en reconstruir
el continente de acuerdo con sus fantasías revolucionarias.
El reciente
episodio de Rodrigo Granda es sólo una muestra. Granda, uno
de los líderes de las narcoguerrillas comunistas de las FARC
colombianas, fue secuestrado en Caracas por militares venezolanos
que cobraron por su entrega una millonaria recompensa del gobierno
de Uribe. Granda era uno de los centenares (o quizás miles)
de subversivos colombianos que han obtenido refugio y ayuda en Venezuela.
El teniente coronel Chávez, airado, le pidió explicaciones
a Uribe, pero lo razonable es que las hubiera dado en lugar de solicitarlas:
¿Qué hacía este siniestro personaje en territorio
venezolano invitado a un acto semioficial y con un pasaporte de ese
país en el bolsillo? ¿Qué hacen las narcoguerrillas
comunistas colombianas acampadas en territorio venezolano y por qué
sus líderes entran y salen libremente de la llamada República
Bolivariana?
Venezuela
ha reemplazado a Cuba como cuartel general de la izquierda violenta.
Hace pocas semanas un ex oficial peruano de las fuerzas armadas, Antauro
Humala, tras autodesignarse como discípulo de Hugo Chávez,
acompañado de varias docenas de insurgentes tomó unas
instalaciones militares, asesinó a cuatro policías e
intentó sin éxito desatar una revolución nacional.
En octubre de 2003, el presidente boliviano Gonzalo Sánchez
de Losada fue obligado a dimitir tras una serie de desórdenes
populares organizados por grupos radicales aparentemente financiados
desde Venezuela. Al frente de las protestas marchaba Evo Morales,
un dirigente cocalero indigenista profundamente antioccidental.
Simultáneamente,
Chávez utiliza el río de petrodólares que le
está entrando al país como resultado del precio de los
combustibles para fortalecer la capacidad ofensiva de su ejército.
Se prevé la compra de 50 aviones Mig-29 a Rusia y una cantidad
importante de tanques, helicópteros y material blindado. El
destino de esos equipos es fácil de adivinar: un eventual enfrentamiento
con Colombia, encaminado no sólo a liquidar al gobierno "oligárquico
y pro norteamericano" de Alvaro Uribe, sino a iniciar la reconstrucción
de la Gran Colombia, esa patria grande intentada sin suerte por Simón
Bolívar.
Pero ese
peligroso sueño imperial bolivariano tiene otra deriva aún
más peligrosa: la guerra con Chile para destruir el bastión
del "neoliberalismo". Chile, aunque lo gobiernen los democristianos
o los socialdemócratas -como sucede hoy con el prestigioso
Ricardo Lagos-, con su defensa del mercado, de la democracia y del
libre comercio internacional, es visto como una amenaza por la izquierda
rabiosa. No le perdonan su Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos,
o los parecidos acuerdos pactados con la Unión Europea y Japón.
Tampoco el éxito de unas medidas liberales de gobierno que
han conseguido reducir la pobreza del 42 al 18%.
Bolivia
y Perú son el camino elegido por Chávez para agredir
a Chile. Su estrategia consiste en reabrir las viejas heridas de la
Guerra del Pacífico (1879-1883), y la pérdida de territorios
que entonces sufrieron estas dos naciones, para crear una alianza
que restaure la vieja cartografía decimonónica de la
zona. Eso es lo que a voz en cuello defienden los chavistas tanto
en Perú como en Bolivia, pero este objetivo sólo puede
lograrse mediante la derrota militar de Chile lograda por una coalición
de estados "bolivarianos" liderados desde Caracas por Hugo
Chávez.
Se trata
de un plan alocado, pero no nuevo. A mediados de la década
de los setenta Fidel Castro ideó un proyecto similar para derrocar
a Agusto Pinochet, tras el golpe contra Salvador Allende de 1973.
Castro entonces contaba con la complicidad del dictador izquierdista
peruano, general Juan Velasco Alvarado. Pensaba invadir Chile desde
el norte con un ejército peruano-cubano que contaba con una
ventaja logística: ambas fuerzas estaban copiosamente equipadas
por los soviéticos, quienes veían en esta aventura una
oportunidad perfecta para abrirles a los norteamericanos un frente
en el Pacífico sur.
Para conjurar
estos peligros va a ser necesaria una intensa labor diplomática
de Estados Unidos, México y la OEA, mientras países
como Brasil y la Argentina deciden si se van a dejar arrastrar al
conflicto de la mano de Chávez o si van a actuar con sensatez.
Si la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932-1935) se saldó
con noventa mil muertos, la que el caudillo venezolano se trae entre
manos puede triplicar esa cantidad. Dios nos encuentre confesados.